Reflexiones acerca de los clichés femeninos y el cáncer de mama (I)
Las enfermedades no tienen una sola causa aislada, sino que son el resultado de una sucesión de causas en las que participan elementos biológicos, psicológicos y sociales. Si bien estas tres categorías no se pueden disociar, en este artículo y en el siguiente, nos centraremos básicamente en los factores socioculturales, y dentro de los mismos, en el efecto que pueden tener determinadas conductas y actitudes vinculadas a la feminidad – inculcadas por la sociedad y aprendidas, bajo la influencia de la familia, la escuela, y el conjunto de nuestras relaciones-, en el cáncer de mama.
Aunque el proceso de salud enfermedad se manifiesta de manera individual, no podemos olvidar que forma parte de la realidad social. Lo social mediatiza y condiciona más de lo que podamos imaginar, no solo en cosas externas como la moda, o un prototipo físico (ya hablamos de ello en el artículo dedicado a la cirugía), también marca a nivel interno, definiendo las funciones, las actitudes, y las conductas que debemos realizar en función de nuestro sexo para ser valorado/as. De modo que cuando la persona se aleja de estos parámetros se puede generar sentimientos de inseguridad, insatisfacción y no aceptación.
En el caso de las mujeres, durante muchos años se ha fomentado una imagen complaciente, suave, pasiva, emotiva, sumisa, dedicada a los demás, y casi exclusivamente a las tareas del hogar. Por suerte, el concepto de feminidad establecido en cada época y cultura ha ido cambiando, y actualmente las oportunidades de acceso a la educación y al mundo laboral y social se han ampliado, pero aún existen actitudes y características que se esperan de ellas que no se separaron de la construcción tradicional.
Por ejemplo, la idea de lo femenino no se ha desligado de lo referente a ser madre, y asumir las responsabilidades de la casa. Mientras que los hombres dedican la mayor parte del tiempo al trabajo, las mujeres tratan de organizar el suyo buscando conciliar la vida familiar y la laboral. Si bien se ha avanzado en el reparto de tareas en el hogar, por lo general, la carga de atender la casa, los hijos, sostener los afectos y cuidar a las personas enfermas aún pesa sobre las mismas, lo que supone, debido al desgaste energético que conlleva, un coste para su salud.
Esto lo pude observar en los comentarios que me hizo Luisa, una mujer operada de cáncer de mama a quien traté profesionalmente, cuyo caso extraído de mi libro FUERZA Y VIDA (Guía de apoyo para transitar emocionalmente por el cáncer de mama) quiero compartir, al constatar en él cómo determinadas pautas de comportamiento asignado culturalmente al género femenino (ser esposa y madre perfecta, capaz de aguantarlo todo) sobrecargaron su existencia y afectaron a su salud, llevándole a realizar un cuestionamiento crítico de los roles establecidos tradicionalmente.
Luisa tiene en ese momento 64 años, está casada, es madre de dos hijos, y ejerce la medicina. Un día, cuando la vi más fuerte emocionalmente, le pregunté acerca de porque creía que había desarrollado su tumor, y ella entre otras cosas me respondió: “Ser médica y madre a un tiempo ha sido muy difícil para mí, yo quería avanzar en mi trabajo sin restar atención a mis hijos, y lo he pasado muy mal por no poder en muchos momentos compaginar mi desarrollo profesional, personal y social con mi rol maternal, el cual tuve que asumir muy joven pensando que ese era mi papel primordial, sin estar preparada para ello”.
“Pasé largas temporadas inmersa en una gran tensión física y emocional, por un lado, quería consagrar mi energía a lograr mis metas, y por otro, quería atender las demandas de mi entorno tal y como lo había hecho mi madre, quien, de acuerdo con su deber de mujer interiorizado, había sido la sostenedora del hogar, anteponiendo siempre las necesidades de su marido y de sus hijos/as a las propias. Darse por entero a la familia era más importante que la carrera, el trabajo o ella misma. Yo fui educada en este modelo, que ha estado presente mucho tiempo en mi vida; ahora es cuando he asimilado que este estilo aprendido de afrontar la realidad, esta forma abnegada de actuar, no me ha beneficiado”.
«Durante años tuve una imagen de mí misma de ser una súper mujer imprescindible, lo cual reconozco que fue excesivo por mi parte, planteándome después de este mal trago que me ha dejado cicatrices, la necesidad de prestar mayor atención a mi cuerpo, de ser más flexible y tolerante conmigo, aceptar mis limitaciones y pedir apoyo cuando me haga falta. Más aún, debo ponerme un tiempo para lo personal, lo laboral y lo familiar y respetarlo, y, sobre todo, tengo que dosificar mis energías para no agotarme y mantener mi sistema inmune en las mejores condiciones”.
Escuchando sus palabras y observando su cuerpo, que revelaba un pecho deprimido y una gran tensión en sus hombros como resultado de todas las cargas que había asumido, pude entender lo que sentía. Una parte suya se abrió a desarrollarse laboralmente, pero otra se había identificado con su capacidad para aguantar y, con su papel de mujer de priorizar la función materna, y cargar con las obligaciones del hogar y del trabajo. La profesional y la madre, el deseo y el deber, se hallaban en conflicto, el cual se convirtió al mantenerlo demasiado tiempo en una gran tensión que fue restringiendo la vitalidad de su cuerpo.
Cuando le señalé el fuerte elemento de complacer a los demás que contenían sus afanes, el exceso de responsabilidad con la que había abordado sus quehaceres, y la actitud que tenía de no permitirse la entrega en libertad a su profesión por el sentimiento de culpa que sentía como madre, se vino abajo y lloró desconsoladamente, dándose cuenta de cómo su lucha, su auto exigencia, su contención emocional, su pensamiento de querer controlarlo todo, había mermado sus caudales de energía, y sobre la base de sus vulnerabilidades orgánicas, había acentuado su susceptibilidad, aunque no la provocara, a la enfermedad.
Lógicamente la vivencia de Luisa es particular; pero lo expresado por ella nos acerca a las contradicciones que algunas mujeres sufren, por la interiorización de valores tradicionales y la emergencia de una nueva identidad aún no consolidada. Hay actitudes perjudiciales para la salud que no se limitan a la psique individual, sino que impregnan el pensamiento de muchas personas, perpetuando el papel que la cultura atribuye a la mujer, el cual hay que seguir cambiando, pues demasiado a menudo, produce insatisfacciones que se manifiestan con malestares físicos y psíquicos.
Por esta razón, pienso que sería bueno ampliar la mentalidad e integrar un modelo de feminidad más saludable emocionalmente, en donde vaya quedando atrás el deseo innecesario de complacer, así como la entrega a los demás en detrimento de los propios intereses y necesidades, y vaya tomando protagonismo la autovaloración, la autoaceptación, el cuidado y la amabilidad con una misma. Hemos de poner nuestro valor al frente, y redirigir la energía hacia lo que nos favorece (máxime cuando la salud está en juego), y no sentirnos egoístas por ello, sino verlo como un comportamiento nutritivo que beneficia también a nuestro entorno, porque cuanto mejor nos encontremos más positiva será la relación con las personas que nos rodean. Cuando una se siente bien por dentro proyecta esa energía agradable al mundo exterior.
En este proceso de tránsito hacia una identidad femenina que reporte mayor bienestar, también es importante ir superando el miedo a la desaprobación por la que no nos atrevemos muchas veces a expresar el desacuerdo. Llega un momento en que el control y la represión emocional, la necesidad de agradar, y la tendencia a la conformidad para evitar el conflicto, comportamientos asociados muchos de ellos a la personalidad tipo C presentada por un alto porcentaje de mujeres diagnosticadas de cáncer de mama, tienen que dar paso a exteriorizar de forma constructiva la emoción, a encontrar un equilibrio entre el dar y el recibir, y a saber, decir “no” y “basta” con asertividad cuando no se puede o no se quiere hacer algo, contribuyendo con ello al respeto propio y a ser respetadas por los/as demás.
Si las viejas estructuras no funcionan, hay que dejarlas atrás, e incorporar en el proceso nuevas formas que nos lleven a avanzar. Así que si participas de este pensamiento, yo te animo a que examines tus creencias interiorizadas, dejes las que te limitan, tomes la vida en tus manos, y te atrevas a ser más tú misma y compartir lo que piensas y sientes de manera considerada. Te encontrarás mejor contigo y con el resto del mundo si das menos importancia a lo externo, miras tus recursos internos que son muchos, y buscas por encima de la opinión ajena la propia autenticidad, esto subirá tu vitalidad y facilitará el camino hacia la SALUD.
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