Reflexiones acerca de los clichés femeninos y el cáncer de mama (II)
Cómo decíamos en la primera parte, vivimos en un entorno cultural y somos educados/as en un contexto social, que en un grado alto influye en nuestros pensamientos, actitudes, comportamientos, y en nuestra salud, ya que un determinante básico entre los procesos que conducen a la salud y a la enfermedad es la vulnerabilidad de las personas a las formas de cultura imperantes en la sociedad. La sociedad define cómo debemos ser y comportarnos, cuáles son nuestras posibilidades y nuestros límites. Los prejuicios sociales se relacionan tanto con los límites que nos pone la sociedad con sus pautas de conducta, como con los que nos ponemos nosotros/as con nuestro pensamiento a partir de la información que absorbemos de fuera, la cual si no sabemos posicionar puede bloquearnos.
Pero ¿por qué actúa con tanta fuerza lo social sobre nosotros/as?
Bajo mi punto de vista, se necesita una gran madurez emocional, y estar muy centrado/a en lo que se quiere y no se quiere en cada momento para que lo social no afecte demasiado. El hecho cierto es que, cuanto más nos alejamos del propio sentir y pensar, tanto más nos puede lo externo. Cuando disminuimos el contacto con lo que viene de nuestro interior, nos predisponemos a dejar que los/as demás nos digan cómo ser, a adoptar imágenes y roles establecidos socialmente, a llenarnos de cosas de otros/as, y a ser más proclives a enfermar, al ser nuestra mente cargada de ideas preconcebidas, de actitudes no asimiladas y de planteamientos impuestos por el ambiente, junto a la densidad absorbida en el día a día y no eliminada, elementos que nos van debilitando y distanciando de la salud.
A menudo nos dejamos llevar en las relaciones interpersonales y por lo que marca lo social, por falta de conexión con nuestro cuerpo como eje de referencia, escuchamos mucho lo de fuera y poco lo de dentro, llegando un momento en que nuestra personalidad se va desdibujando y nos cuesta reconocer con claridad lo que es propio y lo que es externo. En ocasiones es el “debería interiorizado culturalmente y el miedo a transgredirlo por la vivencia de culpa que genera el que obra para que dejemos de lado nuestros deseos, y sigamos los patrones que nos marca la sociedad. También, hay veces en que nos dejamos arrastrar por comodidad.
En otras situaciones, es la necesidad de aprobación, en ausencia de aceptación y valoración propia, la que hace que, teniendo criterio, nos abandonemos al de otros/as, y no lo expresemos. Otras veces es por miedo al rechazo, la distancia afectiva y la soledad; sobre todo las mujeres educadas hasta hace poco en el cuidado y el agrado a los/las demás para ser queridas, hecho que conlleva mayor vulnerabilidad psicológica y sometimiento, ya que cuando una persona tiene que silenciar de forma continuada lo que piensa y siente para obtener aprobación y ser apreciada, se vuelve alguien con tendencia a la aceptación obediente de los roles preestablecidos, suprimiendo su afán de experimentación y avance.
Por otro lado, lo que “no puede ser dicho” se condensa en el interior y, en un terreno fértil, se puede manifestar a través de dolencias. Un ejemplo interesante de lo referido me lo dio una paciente que tuve hace algún tiempo, en cuyo caso pude observar algunos de los elementos señalados y la influencia que tuvieron en su salud. Se trata de una mujer de 59 años, asistida varias veces por presentar molestias en la zona torácica, entre ellas, la presencia de unos quistes en la mama derecha. Dándose cuenta su médica que además de la sintomatología señalada en los últimos meses habían aumentado los problemas de relación con su marido, y decaído su ánimo, la remitió a mi consulta.
Teresa, casada 32 años y con un solo hijo aún en el hogar, se quejaba de que había perdido la ilusión y la capacidad para desempeñar su rol central —atender las necesidades de su entorno—, sintiéndose cansada, tensa y despreciativa consigo misma por no poder cumplir sus responsabilidades de ama de casa y de madre, papel que le vino grande desde el comienzo de su matrimonio, al embarcarse en la maternidad al poco de casarse para complacer a su familia.
Preocupada desde pequeña por hacer las cosas bien y agradar, y con una gran sensibilidad a ser reconocida, se sentía desolada ante las críticas y falta de aprecio de su marido, un hombre dominante y áspero con quien la relación fue difícil desde el inicio, poniendo de manifiesto en la primera visita los sentimientos negativos que albergaba hacia él por sus actitudes autoritarias, los cuales le hacían sentirse cada vez más culpable y deprimida.
Esta mujer que se pasaba la vida invirtiendo sus fuerzas tratando de cubrir las necesidades de quienes le rodeaban, después de tomar conciencia de su forma de afrontar su relación de pareja, un día lloró y me confío, que como no podía auto afirmarse ante su esposo, ni dejarlo, -la perspectiva de separación la asustaba, por la pérdida afectiva y económica que suponía- había optado por endurecer su pecho apretando los músculos y reteniendo la respiración, para así mitigar el dolor que le provocaba sentir su espacio emocional invadido por él.
Si bien es cierto que la actitud de complacencia, y de represión emocional mantenida en el tiempo, protegió a Teresa del sentimiento de inadecuación ante su esposo; también le creó una gran contención, haciendo que tensara su pecho, disminuyera la energía vital que fluía en él, y como consecuencia desplegara una serie de síntomas en la zona. Reconocer su manera de mantener física y psíquicamente la imagen que había adoptado para agradar y satisfacer las expectativas de los demás, fue de vital importancia para tomar conciencia del contenido emocional que guardaban sus dolencias.
De forma resumida, el trabajo psicológico realizado permitió a Teresa tener una mayor percepción de su cuerpo, disminuir la rigidez en él, y entender sus síntomas desde otra óptica, cambiando la concepción que tenía de la enfermedad como algo exterior a ella, para asumir una actitud de mayor implicación, lo cual, por un lado, aumentó su responsabilidad, pero, por otro lado, le hizo sentir menos pasiva y víctima del destino, ya que ella podía influir en su proceso de vida y salud. Comprender cómo actuamos y porqué nos da la posibilidad de hacerlo de otra manera.
La psicoterapia, a su vez, le ayudó a construir un sentido se sí misma desde dentro (su sentido de sí venía a través de los demás), a crear una estructura interna que le posibilitara decidir y actuar según sus necesidades y deseos. Poco a poco empezó a desarrollar sus propios valores, a dejar de atribuir tanta importancia al juicio crítico de su marido, y a reconocer y gestionar las emociones consideradas “hostiles” de un modo más constructivo, pudiendo expresarlas sin tanta carga de culpabilidad. Además, como un ingrediente básico indispensable para poder defender su espacio y proteger su vida emocional sin tener que contraer su pecho, tuvo que aprender a poner límites.
Es evidente que pretender mantener una imagen acorde con lo que socialmente se espera, a costa de renunciar sistemáticamente a los intereses personales, y restringir y controlar las expresiones emocionales, tiene repercusiones poco favorables en la salud, pues además de consumir grandes cantidades de energía psíquica, a la larga acaba deformando la personalidad y bloqueando el cuerpo, facilitando que la enfermedad encuentre un hogar en él.
De ahí, la importancia de desprendernos de los condicionamientos sociales que nos limitan y nos quitan energía, y desarrollar nuestra personalidad y valores. Tener la propia individualidad dentro de la colectividad es fundamental para no dejarse arrastrar ni manipular, y la conciencia de nuestro cuerpo es el primer pilar de esa individualidad. Por lo tanto, escucha a tu cuerpo, llévalo hacia lo que le de vitalidad y amplitud, selecciona de lo social lo que te hace avanzar, sigue tu propia línea respetando las leyes de conducta comunes y vive. Las vivencias nos conectan con fuerza y vida.
Foto de Jean-Daniel Francoeur en Pexels.